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Las Aguas de La Florida Se Levantan, Pero Su Gente También

Residentes y líderes comunitarios unen esfuerzos en torno a estrategias de resiliencia climática

Crystal Johnson, residente de Fort Myers, estableció un improvisado centro de emergencias a raíz del Huracán Irma y luego de que el gobierno no suministrara ayuda adecuada a su barrio.
Crystal Johnson, residente de Fort Myers, estableció un improvisado centro de emergencias a raíz del Huracán Irma y luego de que el gobierno no suministrara ayuda adecuada a su barrio. (Ana Latese para Earthjustice)

Esta página fue publicada hace 4 años. Encuentre lo último sobre el trabajo de Earthjustice.

En 2017, la tormenta más poderosa que se haya formado jamás en el Atlántico azotó la Florida.

Crystal Johnson, quien ha vivido en la Florida desde hace tiempo, recuerda cómo los automóviles obstruían todas las autopistas que salían del estado cuando las personas huían a hoteles superpoblados en Alabama o Georgia. En las inmediaciones de su apartamento, el Huracán Irma desató vientos de 110 millas por hora que arrojaron botes de basura y rompieron ventanas. Una vez el ciclón tocó tierra, más de 77 mil personas en Florida ya se habían aglutinado en refugios de emergencia.

En Fort Myers, en el barrio de Dunbar — de mayoría afroamericana y donde vive Johnson — el Huracán Irma inundó las calles y los dejó sin electricidad durante 12 días. Después de la tormenta, Johnson y sus compañeros residentes se dirigieron al centro comunitario del vecindario, con la esperanza de que funcionara como un campamento base para servicios de emergencia.

En cambio, encontraron las puertas cerradas.

“Este debería haber sido un lugar de alivio después de la tormenta, donde pudiéramos haber venido y recobrado fuerzas, [además de] compartir comida y conectarnos con la gente”, dice Johnson. “Fue realmente desalentador”.

Johnson es reconocida como una acérrima defensora de su comunidad. El mismo año en que Irma inundó las calles de su barrio, Johnson se postuló para el concejo municipal, con el objetivo de representar las voces de su comunidad en medio de una gran población de acaudalados turistas de Fort Myers. Mientras que prominentes promotores inmobiliarios se quejan a la primera mención de su nombre, clientes locales de un restaurante familiar a lo largo de la carretera principal de Dunbar se abalanzan para saludarla.

Después de que Irma dejó sin electricidad a Dunbar, Johnson le pidió al gobierno de la ciudad que ayudara a su comunidad, que carece de hospitales o incluso de un gran supermercado. Sin respuesta de la ciudad, Johnson intervino para poner a Dunbar de nuevo en pie. Estableció un sitio de ayuda improvisado frente a las puertas cerradas del centro comunitario y organizó la distribución de alimentos preparados por los miembros de la iglesia local y su concejal. Usando las redes sociales como plataforma, Johnson compartió actualizaciones de emergencia de su representante estatal, incluidos los lugares donde las personas podían obtener alimentos, agua y otros suministros. Cuando se corrió la voz, los residentes comenzaron a brindar una mano.

“Nos cuidamos el uno al otro”, dice Johnson. “Aunque fue un momento devastador, también fue algo que unió a la comunidad”.

Hacer frente a los efectos provocados por el cambio climático — el aumento del nivel del mar, olas de calor récord, enormes huracanes e inundaciones en días soleados, o cuando las mareas estacionales arrojan agua a las calles — es la nueva rutina en el estado. Sin embargo, a pesar de todas estas señales de peligro, los líderes estatales vacilan entre impulsar una legislación de solución climática y la negación climática. En 2015, por ejemplo, el ex gobernador Rick Scott prohibió las palabras “cambio climático” en discusiones políticas.

Al igual que muchos floridanos en la primera línea de impactos del cambio climático, Johnson no espera a que su gobierno reconozca los peligros que se avecinan. Líderes locales y defensores de base exigen planes de resiliencia climática, reuniendo a los votantes y colaborando en proyectos de infraestructura que protegerán a sus ciudades del mar creciente.


El Huracán Irma fue un punto de inflexión para muchos floridanos que nunca antes habían pensado que el cambio climático afectara sus vidas.

“Hubiera escuchado sobre el cambio climático en las noticias y pensar que el problema fuese tan grande”, dice Bereatha Howard, residente de Miami. “No había nada que pudiera hacer dentro de mis posibilidades. ¿Qué voy a hacer? Parecía que la solución sería tan fuera de este mundo, que era difícil entender que nuestras acciones pueden marcar la diferencia”.

Esa opinión cambió después de que Howard decidiera tomar la clase de “Empoderando Mujeres Resilientes” del Instituto CLEO, donde los ponentes describieron los efectos de un ecosistema en caos. Howard aprendió que podría fortalecer su propia resistencia y la de su familia al cambio climático al prepararse para los huracanes, aumentar su educación financiera, solicitar acceso a empleos verdes y exigir la acción climática de sus líderes locales a través del compromiso cívico.

“Alentamos a los ciudadanos promedio a usar su voz”, dice Yoca Arditi-Rocha, directora ejecutiva del Instituto CLEO. “Les decimos que tienen tres superpoderes: el poder de su voz, el poder de su cartera y el poder de su voto. Les damos las herramientas, el conocimiento y el empoderamiento que necesitan para convertirse en agentes de cambio en su comunidad”.

Howard se inspiró más en cómo los ponentes cambiaron la conversación de un concepto científico amorfo a un problema que afectaba directamente a las comunidades vulnerables.

“No se puede involucrar a las personas simplemente diciendo ‘cambio climático’”, explica Howard. “¿Cómo se relaciona eso con mi vida? Usted llama la atención de la gente diciendo que sus hijos no tendrán suficiente para comer después de que un huracán cierra las tiendas de comestibles, o explicando por qué solo algunos vecindarios no tendrán electricidad”.

Según la ONU, las mujeres sufren desmesuradamente los efectos del cambio climático debido a la inequidad de género tanto en el hogar como profesionalmente. Es por eso que el Instituto CLEO ubica a las mujeres como líderes dentro de sus familias.

“Realmente marca una diferencia cuando se le informa a una mujer que ella es jefa de su hogar”, dice Howard. “Cuando vivía con mi padre anciano durante el Huracán Irma, tenía confianza porque había preparado todo lo que necesitaríamos”.


La necesidad de la resiliencia climática no termina en la entrada de un hogar: se extiende a los trabajos, donde el cambio climático puede dificultar la capacidad laboral de una persona. En una ciudad conocida como la capital mundial de los helechos, los trabajadores agrícolas están reclamando acciones que los ayuden a sobrevivir a un planeta en calentamiento.

En un día que alcanza los 95 grados Fahrenheit en Pierson, una ciudad de menos de 2 mil residentes en el centro de la Florida, los trabajadores sudan mientras cosechan plantas destinadas a decorar oficinas corporativas equipadas con aires acondicionados.

Durante esos días calurosos, los trabajadores agrícolas pueden sufrir “estrés por calor”, un término que suena inocuo para un ataque fisiológico, pero que puede conllevar a un golpe de calor e incluso insuficiencia renal si no se trata adecuadamente. En el invernadero de helechos de Pierson, donde a los trabajadores agrícolas se les paga por lo que pueden producir en un día, cualquier empleado puede describir la agonía del estrés por calor y el temor de que un breve descanso ponga en peligro su cuota diaria.

“Siento que me estoy ahogando”, dice Griselda Lomeli, una empleada que ha experimentado estrés por calor en el vivero. “Me estoy sofocando. Mi corazón late muy rápido y puedo escuchar cómo se acelera”.

Los Centros para el Control de Enfermedades recomiendan que los empleadores limiten las horas de los trabajadores agrícolas durante días extremadamente calurosos para que puedan aclimatarse. Pero un manojo de helechos rinde solo 30 centavos por barril, y perder la cuota de un día reduce la cantidad de un cheque ya disminuido.

Ante esta situación insostenible, los trabajadores agrícolas se unen para reclamar mejores condiciones. Antonia Aguirre, quien comenzó a trabajar en los invernaderos de helechos cuando tenía 14 años, ahora se organiza con la Asociación de Trabajadores Agrícolas de Florida, un grupo de base que tiene como objetivo empoderar a los empleados.

Una demanda clave de los 10 mil miembros del grupo es la creación de políticas a nivel estatal que protejan a los trabajadores agrícolas de las temperaturas extremas. Este año, en coordinación con la asociación, dos legisladores estatales demócratas presentaron proyectos de ley que requerirían capacitación de las empresas para reconocer y tratar el estrés por calor. El proyecto de ley también solicita que los empleadores proporcionen agua, descansos y protección contra el sol a los trabajadores que trabajan en la intemperie.

“La industria no está preparada para lidiar con el cambio climático”, dice Aguirre. “Los empleadores deben dar a los trabajadores al menos una hora paga cuando tienen que descansar. Las temperaturas se han tornado demasiado altas”.


Mientras los floridanos propugnan por políticas más fuertes respecto al cambio climático, los líderes en distintas ciudades unen fuerzas para enfrentar la crisis climática en toda la región.

En 2010, los condados de Broward, Miami-Dade, Monroe y Palm Beach establecieron el Pacto Regional de Cambio Climático del Sureste de la Florida, que creó un plan de acción para preparar a las ciudades en caso de inundaciones, un aumento del nivel del mar y la interrupción económica y social a causa del cambio climático.

“El pacto ha proporcionado un reconocimiento del gobierno del condado y de la ciudad que este es un problema que no podemos evitar, no podemos esperar al gobernador adecuado [para que tome medidas]”, dice Jim Murley, encargado oficial de resiliencia para el condado de Miami-Dade.

Para promulgar soluciones que coincidan con el alcance de la crisis climática, las comunidades de la Florida necesitarán la aceptación de sus líderes estatales. Sin embargo, mientras muchos gobiernos locales se movilizan para abordar los impactos de semejante crisis, el estado ha tardado en actuar. El gobernador Ron DeSantis ha hablado sobre la necesidad de enfrentar la crisis climática, pero no ha tomado ninguna medida para frenar el uso de combustibles fósiles o promover una eficiencia energética. No obstante, nombró a la Dra. Julia Nesheiwat como Jefe Oficial de Resiliencia y le encomendó observar los impactos ambientales, físicos y económicos por el aumento del nivel del mar.

Entre tanto, Crystal Johnson no se queda cruzada de brazos. Se encuentra en una misión para garantizar que su comunidad en Fort Myers esté mejor preparada para la próxima tormenta. El año pasado, viajó a la capital estatal, Tallahassee, para defender la creación de “centros de resiliencia”, es decir, lugares únicos donde los residentes pudieran recibir actualizaciones de servicios, recoger suministros de emergencia y acceder a energía de reserva.

Desde el paso del huracán, Johnson también ha trabajado con grupos de preparación para emergencias con el fin de enseñar a la comunidad habilidades de socorro en casos de desastre, y ha recibido una subvención para distribuir paquetes de emergencia gratuitos en todo Dunbar. También coordina sesiones extracurriculares en el centro comunitario de su barrio, capacitando a los estudiantes para que realicen procedimientos médicos de emergencia básicos.

“Esta es una comunidad ingeniosa”, dice Johnson. “Hacemos lo que sea necesario para lograr nuestro objetivo”.

Alison Cagle is a writer at Earthjustice. She is based in San Francisco. Alison tells the stories of the earth: the systems that govern it, the ripple effects of those systems, and the people who are fighting to change them — to protect our planet and all its inhabitants.

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